
Si levantara la cabeza Ernest Hemingway seguro se enfadaría: «My mojito in La Bodeguita; my daiquiri in El Floridita» escribiría de su puño y letra el ganador del premio Nobel de literatura (1954) en las paredes del primero en Cuba. Por supuesto todo ello regado de una buena conversación. Diez años pasó en la isla caribeña donde un trago, esas charlas y saborear un cubalibre eran moneda común en un tiempo que, seguramente, era mejor que el de ahora.


